sábado, 27 de octubre de 2012


La serpiente por la cola

“Dicen que Omar se ha convertido en una cobra”, musitó el excazador Jorge de Pallejá en Altaïr


George Cann, uno de los célebres hombres serpiente australianos.


Ahí estaba yo con la serpiente agarrada por la cola y suspendida en el extremo de mi brazo estirado. Una situación comprometida. Trataba de izarse hasta mi mano y morderme, pero yo lo impedía con un hábil giro de muñeca, hop, que volvía a dejar al animal colgando inerte sin poder alcanzarme. No era una cobra ni una taipán, sino una gran culebra verde inofensiva que había aparecido inopinadamente a la puerta de mi casa en el Montseny, pero ni esas hace gracia que te muerdan y a los observadores corrientes les impresionan igual. Mi hija mayor me miraba boquiabierta: perdido ya todo ascendiente sobre ella, al menos me reinventaba como padre domador de serpientes. Me alegró volver a sorprender en su mirada un destello de admiración, o quizá era solo la expectación de ver si me mordía.

El truco, como todo lo absurdo de esta vida, lo había aprendido en un libro, el último publicado en España de Kenneth Cook, El lagarto astronauta (Sajalín Editores, 2012), otra asombrosa y desopilante colección de historias del finado (1987) autor australiano que nos regaló El koala asesino. Cook, que en varios de sus relatos se muestra como un involuntario Gerald Durrell de las antípodas, obligado por las circunstancias a lidiar con la excéntrica fauna australiana —animales que van de lo enervante a lo letal, del wombat al cocodrilo de estuario de 10 metros de longitud pasando por el canguro atropellado que se resiste tercamente a morir—, explica en Serpientes muy perturbadas que en una excursión con un amigo entusiasta de esos reptiles se vio en la tensa situación de tener que aguantar una venenosísima serpiente tigre en una mano mientras con la otra sostenía un segundo espécimen en el extremo de un palo en tanto el camarada trataba de capturar a un tercer bicho, una rara y aún más peligrosa serpiente manchada de Mulga. Cook sobrevive, aunque sudando mucho, realizando hábilmente ese giro de muñeca que mantiene los colmillos alejados de él aunque no sin que el amigo le reproche encontrarse en un gran estado de miedo que, dice, entristece mucho a las serpientes. “Y es notorio que una serpiente triste es una serpiente peligrosa”.

Ese relato y otros del cobarde australiano —sin duda uno de los nuestros— mencionan a la abigarrada tropa de los hombres serpiente, toda una tradición secular en el continente con una serie de personajes tan pintorescos como Blackie, “que no sabía que no se puede coger serpientes bebido”, pues odian el alcohol (no se qué decirles: yo siempre las manipulo extremadamente sobrio), o Charlie, que ignoraba que no se debe dar de comer sapos de caña a los taipanes porque “se ponen enfermos y malhumorados” (los taipanes; los sapos, ni te digo). Uno de los libros más asombrosos que he adquirido recientemente es precisamente Snakes alive!, de John Cann (Kangaroo Press, 1986), que explica con detalle la aventura de esa estrafalaria saga de manipuladores de serpientes, feriantes y vendedores ambulantes de antídotos que por lo visto han medrado en Australia, y siguen haciéndolo. Entre los snakeman, Harry Deline, al que mató una víbora mordiéndole en la yugular durante un show en 1913; John Stephen, retirado tras morderle una taipán en la lengua, o el profesor Hullar, que sugería emplear sanguijuelas para extraer el veneno de las mordeduras y que murió —no precisamente de muerte natural— durante un interesante espectáculo en el que sostenía a una serpiente tigre con los dientes (!). Lo que me recuerda que en mi libro de cabecera del cuidado de serpientes, Good snakekeeping, de Philip Purser (THF, 2010), se subraya que “nunca debes besar a tu serpiente o poner ninguna porción de su cuerpo en tu boca” (?).


“Convivía con montones de serpientes, aseguraba que las cobras son listas como perros y en cambio las víboras cornudas estúpidas, ¡qué cosa!”

Aprecio especialmente el libro porque, aparte de brindar tan excelentes consejos, ha sido un regalo de Jorge de Pallejá (1924), el notable escritor y excazador de leones, búfalos y elefantes, autor de títulos ya legendarios como Simba y Al sur del lago Tchad. Pallejá es el segundo hombre que conozco personalmente que más leones ha cazado. El primero es Sir Wilfred Thesiger. Mi desaparecido tío Armando les supera a ambos en jaguares, pero era más bajo.

En su nuevo libro, Los hijos de Cam (Sirpus, 2012), una colección de cuentos, relatos y recuerdos, presentado precisamente la semana pasada en Altaïr, Pallejá hace algunas alusiones a las serpientes (hay una estupenda historia sobre una mamba negra: por cierto, he leído que tienen la desconcertante y molesta costumbre de meterse en los lavabos). A petición del público, Pallejá, que hace muchos años que es un sincero arrepentido de la caza y entusiasta conservacionista, habló sobre el elefanticidio del Rey y, fino diplomático, dijo que si el Monarca consideró que debía disculparse, no será él quien le lleve la contraria.

Fue en el mismo acto el jueves cuando Pallejá me explicó una misteriosa historia digna de Kipling. “Omar ha desaparecido y dicen que se ha convertido en serpiente”. El escritor me había hablado ya de Omar, al que conoció en uno de sus aventureros viajes en moto por el norte de África, almorzando un día en el Giardinetto. Era un encantador de serpientes, un aisaui, como los llaman en Marruecos, que vivía en en una chabola en Fort Bou Jerif, en Guelmín, la puerta del Sáhara y el centro principal de la caza de serpientes para manipularlas. Era europeo y se decía que hijo de un oficial nazi refugiado. Según Pallejá, se parecía enormemente a Peter O’Toole en su avatar de Lawrence de Arabia. “Convivía con montones de serpientes, aseguraba que las cobras son listas como perros y en cambio las víboras cornudas estúpidas, ¡qué cosa!”. El biólogo José A. Valverde habla de algunos aisauis famosos a los que conoció en sus expediciones, como el viejo Nayi Mohammed, que se amputó él mismo un dedo con su azadón al morderle una cobra a la que molestó mientras copulaba (la cobra), o Alí el loco. La muerte, anota el profesor Valverde, no es rara en la profesión.

Pensando en los aisauis, en los snakeman australianos, en el amigo Pallejá y en Omar —quién sabe si no era él a quien tenía atrapado por la cola—, yo seguía sujetando mi culebra, dejando resbalar sus escamas en torno a mi muñeca como quien da la vuelta a un reloj de arena. La serpiente en la mano, tratando de morder mientras procuras mantenerla a distancia, es una buena metáfora de estos tiempos convulsos, de este mundo sembrado de peligros en el que solo cabe vivir intensamente, preparado para todo.

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